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Opinión | Y otro lindo amanecer

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Chavistamente
Nicolás lo volvió a hacer: el viernes pasado, cuando anunció las medidas económicas, me remonté al 1ro de mayo de 2017, cuando el Presidente convocó a elecciones para La Constituyente, y yo ahí, escuchándolo, con una sensación de alivio que no podía explicar porque en ese momento no entendía casi nada. En medio de una violencia cada vez más feroz, la convocatoria del Presidente parecía anunciar el final de tanta angustia. Así lo sentí yo. Así lo sentimos millones de venezolanos. Como decía Diosdado: 30 de julio “y un lindo amanecer”. Y así fue.
Ahora me pasó igual. Yo de economía no sé más que las peripecias de una mamá para rendir el dinero y poder poner comida en la mesa, y de los anuncios del Presidente solo entendí la mitad. Aún así, sentí un fresquito, una esperanza, más que esperanza, certeza, y finalmente una alegría con lagrimitas que no podía explicar. A ponerse las alpargatas… Algo muy bueno va a pasar.
20 de agosto y otro lindo amanecer: como por arte de magia, oootra vez culpeNicolás, esta semana comenzó distinta, hermosamente distinta.
Confieso que tenía un poco de miedo de ir al mercado. Mis temores no eran infundados: empresarios y comerciantes ya han demostrado que no tienen piedad. De todos modos, respiré hondo y me fui al supermercado que tenía que estar cerrado porque, para ese día, la oposición había convocado a un paro nacional en rechazo a las medidas del gobierno, que incluyen un enorme aumento de salario que más que aumento, es justicia.
El supermercado estaba abierto, así como todos los comercios en la vía: carnicerías, farmacias, fruteros… Y no solo estaban abiertos, sino que había gente comprando, a pesar del estado post apocalíptico monetario que nos habían augurado los sesudos analistas de la oposición.
La primera señal positiva de mi recorrido fue la sonrisa con la que me recibió la muchacha que guarda las carteras (como medida de seguridad de la empresa para que los clientes, que nunca tenemos la razón, no robemos y nos dejamos robar en paz). En todo caso, la cara de la muchacha era un poema; la de ella, la de sus compañeras en las cajas, la de la que pesa las frutas, la de lo de los muchachos del frigorífico, que siempre tenían una arruga en el ceño, no de mal humor, sino de angustia. Imagínense pasar el día vendiendo kilos y kilos de alimentos, ver como desfila frente a tus ojos toda esa comida que tu sueldo miserable no te permite llevar a casa. Bueno, eso cambió desde el lunes y ellos lo saben…
Como lo sabía la gente que estaba revisando precios y celebrando que ahora pueden comprar. Que tu sueldo alcanza para comprar pollo, carne, leche, tomate… que la sardina siempre sabrosa y salvadora, ya no será obligatoria. Y ajenos a a todo esto, los despojos de la dirigencia opositora llamando a protestar contra unas medida que todo el mundo quería.
Protesta la gente, sí, pero contra el comerciante que se le ocurra amenazar al nuevo salario con especulación hambreadora. Esta mañana, en un programa de tele local, estaba Alí Romero, alcalde chavista de mi municipio tradicionalmente opositor. Allí vi algo que hasta ayer impensable: las llamadas en vivo no eran para insultar al chavista, como suele pasar en esos programas, con premeditación y alevosía, sino de gente pidiéndole al alcalde que actúe con firmeza contra los especuladores que se quieran comer la luz. Hasta el moderador del programa estaba asombrado de semejante vuelco en su audiencia. Y es que ha sido tanto y tan feo lo que nos han hecho que ya nadie tiene dudas de quién nos quitó la comida de la mesa y quién nos la quiere devolver.
Como pasó después de las elecciones de La Constituyente, se volteó la tortilla a favor de la gente, a favor del país. Y como entonces, chavistas y opositores derrotamos a la violencia callejera, ahora derrotaremos a la violencia económica. La gente está alebrestada, contenta, dispuesta a defender su futuro. La gente está recargada de lo que con tanta saña nos han querido robar: la esperanza. No pudieron, ni podrán.
¡Nosotros vencemos!